martes, 24 de junio de 2014

Últimamente siempre estoy con lo mismo

Es verdad, mi conciencia no me deja escribir de otra cosa. Y sé que hay lectores que se aburren, bien porque creen que todo está dicho, porque se aferran a Internet como el que se abraza a una botella de vino, o porque consideran, con buen juicio, que ya hay firmas que sacan conclusiones más inspiradas en torno a la crisis, la corrupción, los dramas sociales y el polvorín en el que se ha convertido el planeta.

Lo sé. Y, sin embargo, sigo a lo mío. Mira que hay temas preferibles a la situación política y económico-social de España y Catalunya. Es uno de los problemas de optar por vivir informado en tiempos turbulentos.

Ya me gustaría hablar de mis lecturas: ahora mismo, con lo machadiano en Unamuno y lo unamuniano en Machado, y recién terminada una novela gráfica magnífica: El arte de volar.

De la música: el gran recital de Juan Perro con Joan Vinyals a la guitarra, o mi redescubrimiento de los Moody Blues. Moderneces interesantes aparte y tonterías para modernos, que abundan.

¿Y qué decir de una de mis pasiones confesas, el cine? Buena película La jaula dorada y excelente El hijo del otro. Me muerdo la lengua. No digo más.

Podría publicar un cuento o un capítulo de cualquiera de las novelas que esperan a que las rescate (o, mejor dicho, soy yo el que espero que ellas me rescaten a mí). Incluso me atrevería a colgar un poema con la modesta intención de soltar lastre y acariciar un ideal.

También me gustaría escribir algún texto frívolo y desenfadado sobre personajes surrealistas como Antonio, el del Rocío, o compartir mis últimas lecturas y reflexiones sobre los hipsters. No me vendría mal ensayar otro monólogo. Es un buen termómetro para apostar por técnicas narrativas de género y, sin duda, me pondría de buen humor.

Nada mejor para mi salud que hablar de mis preocupaciones más personales dándole el barniz necesario para no manchar a nadie y no prostituirme. Podría montar un wikiDavid.

Sin embargo, me asomo a la ventana y veo un desastre tras otro en Barcelona y allá donde mire en Catalunya. La abro un poco más hacia el resto del Estado y sigo sin hallar visos de solución a la crisis. Una visión europea tampoco me anima al optimismo con la pujanza de la ultraderecha. Por ende, si trato de buscarle el pulso al mundo, me cuesta creer que siga vivo.

¿Sirve de algo dejar de escribir sobre asuntos que me harían sentir mejor y en los que tal vez podría "lucirme" más?

Pues no lo sé. Me da la sensación de que estoy aportando un átomo de un grano de arena en el desierto. ¿Y no somos eso, átomos?


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