sábado, 28 de diciembre de 2013

El dinero no quita la felicidad... necesariamente

Jamás he escuchado a un millonario decir que el dinero no da la felicidad. Siempre se lo escucho a gente más o menos asentada, pero al fin y al cabo no pueden desligarse de su empleo sin renunciar a su nivel de vida. O sea, que ni son ricos ni pobres.

Tampoco se lo he oído decir a una persona en la indigencia, pero es normal porque por lo general esta gente no tiene ningún altavoz para llegar a la opinión pública. Es cierto, por otra parte, que en mi círculo, en el que hay dos o tres personas con la vida resuelta, no tengo constancia de nadie que sea pobre de solemnidad.

En el día a día, seguro que me cruzo con muchos pobres que podrían darme una lección sobre las cosas que proporcionan la felicidad, pero no tengo la oportunidad de compartir intimidades con ellos.


Es, además, el dinero un asunto sobre el que todo el mundo miente. Me ruboriza enfrentarme a sentencias del tipo “no tengo un céntimo” saliendo de labios de gente que, aparte de su insinceridad, tienen valores humanos muy loables. Lo que tampoco les falta es el dinero. Sin embargo, ellos, como tantos otros, preferirían irse al infierno que sentarse y comentar la verdad sobre su situación económica.

Este vicio llega a extremos casi cómicos entre compañeros de trabajo que se ocultan sus nóminas o cambian de tema cuando tocaría dar la cara y confirmar que sí, que es verdad, que esta empresa paga muy mal. O, no…

A estas alturas de la reflexión, me encuentro con un escollo que tendría que haber contemplado antes de empezar. ¿Dónde ponemos la frontera entre los ricos, la dichosa clase media y los pobres? ¿Se puede seguir sacando a colación a la clase trabajadora, a pesar de que hay trabajadores que consiguen ganar mucho dinero?

No son cuestiones baladís. Me mosquea que los límites por lo bajo estén tan claros y, no obstante, cueste tanto definir dónde está el listón para separar a los ricos de los no pobres. Supongo que hay algún interés en quitarse el dinero de encima de puertas para afuera. Es tabú asegurar que se gana dinero fuera de los ámbitos del espectáculo en los que se mueven las estrellas a las que suponemos forradas de oro.

A pesar de lo anterior, conozco poca gente que renuncie a ganar más dinero. Sé, además, que en esta sociedad hay pobres que no encuentran empleo y algunas personas, tal vez yo entre ellas, sucumbiría a la tentación de perderse la vida para multiplicar horas de trabajo o pluriemplearse.

A día de hoy, no he pasado hambre salvo por mala planificación o situaciones absurdas, y no, no sé qué es la pobreza. Tampoco poseo nada que conste en el registro de la propiedad ni tengo dinero en el banco para permitirme vivir de mis ahorros durante seis meses. Afortunadamente, en mi inconsciente se tiende una red importantísima conformada por un montón de manos caritativas que me sostendrían de caerme al abismo. Empezando por mi familia, que tampoco es rica, y quiero pensar que continuando con algunos amigos, ricos o no.

Todo este rollo autobiográfico viene a colación de lo siguiente: sé, a pesar de no ser rico, que el dinero no da la felicidad. Se llama silogismo. Creo que, dentro de mi horizonte de posibilidades, he llegado a tener muchas cosas que deseaba con fruición, y la felicidad derivada del uso y disfrute de lo material ha sido efímera. Tras adquirir la pieza deseada sólo ha habido dos momentos especialmente memorables: uno, el de la propia adquisición; el otro es el de usarlo por primera vez. Luego, ha habido momentitos (cada vez menos, por desgracia): la grata sensación de ver crecer una colección de lo que sea, la satisfacción de recordar que tienes algo que no pensabas que tenías (y por tanto, no necesitabas) y la vergonzosa exhibición del trofeo delante de amigos y familiares.

De todas maneras, si tenemos que remontarnos a un verdadero clímax en la consecución de ese objeto, viaje, etc. no hay nada como la perspectiva de aprehenderlo. Ese tiempo (días, meses, a veces años) que tardas en obtener el premio de tus caprichos sirve para dar rienda suelta a tus sueños y reflotar la ilusión de manera que, paradójicamente, puedes afrontar la escasez de otros bienes quizá más importantes. Pongo un ejemplo: hay quien no tiene una vivienda en propiedad, pero pasa seis meses en elegir un coche. ¡Y qué meses! Pasan de imaginarse subido a un deportivo descapotable a montar en un todoterreno y, sólo al final, sucumben a comprar el utilitario que casi todo el mundo conduce. Obviamente, un coche, que puede costar alrededor de un diez por ciento de una vivienda resulta más asequible que un inmueble. Normalmente, también te ata a un crédito y, sin duda, pierde valor y, salvo casos extraordinarios, atractivo. Para colmo, en diez años la mayoría de coches suele resultar una carga porque funcionan peor que al principio y resultan muy caros de mantener.

O sea, que uno capea el temporal de la ausencia de bienes materiales importantes comprando otros de menor valor. Es ya todo un tópico, pero lo importante, lo diga Mastercard o no, no se puede conseguir con dinero. Pero también es verdad que es fácil conseguir sustitutivos tanto en forma de objetos, sensaciones, experiencias como sentimientos fingidos.

No es difícil conseguir amigos ni compañeros de cama si uno va al club de golf, sale a navegar con su yate o ronda las zonas VIP de las discotecas. Lo que a estos afortunados en lo material no les aconsejo es que profundicen demasiado en lo que hay de cierto o falso en sus relaciones personales.

Sí, cabe la posibilidad de que el dinero no dé la felicidad. Pero también hay que contemplar la posibilidad de que los ricos se construyan una vida lo suficientemente compleja y esquinada, tan repleta de espejos deformantes, que acaben por no saber qué es verdad y mentira, y en su ignorancia sean fieles.

Ergo, hay que joderse: puede que para algunos gran parte de su felicidad proceda del dinero. O visto de otra manera: cabe contemplar la posibilidad de que no todos los ricos sean necesariamente infelices. Claro que, salvo casos contados, no creo que nos pongamos de acuerdo en quién es rico y quién no. Y es absolutamente imposible definir la felicidad de manera que cada cual se sienta satisfecho.


De momento, a mí me produce mucha felicidad pensar que no he escrito una gilipollez sin sentido. Por eso es probable que no vuelva a leer este texto en mi vida. Claro que si me pagaran por derrochar ideas y palabras tal vez ahora sería más feliz, ¿pero quién sabe qué ocurriría si algún lector se sintiera estafado? Puesto que no lo he cobrado más que un poco de su tiempo, si a alguien le defrauda y me lo hace saber seré relativamente infeliz (pero por poco tiempo).

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