martes, 16 de abril de 2013

¿Tendría que avergonzarme?

Las versiones varían según las fuentes. A mi padre le escuchaba de pequeño que había empezado a trabajar a los siete años. Hace poco mi abuelo dijo, como quien no quiere la cosa, que su hijo trabajaba en la obra desde los once años.

Es posible que ninguno de los dos mientan y que mi padre empezara a realizar labores del campo. Aunque los dos tienen problemas a la hora de aclararse con la cronología. Mi abuelo, por su avanzada edad. Mi padre, porque en realidad siempre le ha importado muy poco su biografía.



A mí el agravio comparativo me mosqueó durante gran parte de la adolescencia, aunque no me sentí traumatizado. De todas maneras, a la hora de estudiar en la universidad tuve que enfrentarme a un dilema que en realidad yo mismo me había planteado, pero todavía hoy considero que mis padres jamás afrontaron cierto conflicto de intereses.

Por un lado, de mí se esperaba que estudiase en la universidad, pero también se esperaba que pudiera contribuir a la cuadrilla de albañiles de mi padre, de manera que me convirtiera en una especie de gestor, al menos administrativo y, en el mejor de los casos, aparejador o arquitecto. Sin embargo, se me ocurrió estudiar una carrera de letras.

Y no sé si mis padres, sobre todo él, vieron con buenos ojos que me dedicara a estudiar algo que no aportaría nada al negocio familiar y, para colmo, acabaría con mis huesos en el INEM.

A toro pasado, trato de entender la mentalidad de mi padre. Él, como mi abuelo, pasó hambre y estaba programado para trabajar, porque lo contrario era acabar metido en líos, sin dinero, sin futuro y con pocas posibilidades de casarse con una buena mujer.

A mí no me programaron más que para pensar que todo iría bien siempre, que la vida era seguir el camino que otros habían trazado para la juventud del futuro, que ellos pagarían con gusto y que a la vuelta de la esquina, me gustara o no, encontraría un trabajo de oficina bien pagado. No me rompería el lomo como mi padre y mi abuelo. Mi madre podría presumir de mis estudios en el barrio. Todo eran ventajas.

A mi edad, mi padre ya tenía piso propio, dos hijos, trabajo estable y, para colmo, era feliz con lo que hacía. También trabajaba seis días a la semana, diez o doce horas al día.

Son cosas que me dan que pensar.

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