lunes, 5 de agosto de 2013

A propósito de mi abuelo

Cerro de La Jamula (Granada).
Reconozco que, a menudo, muchas muchas veces, escribir un artículo supone un golpe con el puño cerrado al aire que me sostiene en equilibrio.

Como la vida en sociedad (en esta sociedad) consiste en abrirse paso a puñetazo limpio (y a patada y sable en cursos avanzados), los que no pegamos ni los sellos necesitamos hacer cosas que nos impidan caer en el bucle estúpido de hacer lo que todos hacen, pero sin limitarnos a soportar cómo nos llueven las hostias de los ignorantes que no respetan la diferencia.

Se le llama catarsis, pero no es verdad. En mi caso no, porque no tengo la sensación de que esté produciendo más movimiento que el de mis propios dedos al escribirlo. Para que hubiera catarsis, los artículos tendrían que crear una especie de ola u onda magnética que afectase al movimiento de otros seres pensantes y éstos, a su vez, tendrían que lanzarme su propio eco.

Sin embargo, hay una solución a este problema de incomunicación, y es montar los vasos comunicantes sobre mi propia conciencia.


Asuntos que debería resolver y que, sin embargo, no podré solucionar. Personas a las que nunca podré agradecer lo suficiente su paso por mi vida, o todo lo contrario, aunque echar pestes de alguien sólo puede propagar la insatisfacción y el odio, y por desgracia esto ocurre con una facilidad pasmosa, aunque sólo sirve para el desahogo momentáneo.

F. Navarro tiene 89 o 90 años. No lo sabe porque asegura que su partida de nacimiento se rellenó unos cuantos meses más tarde a su nacimiento en una aldea de Granada. En la década de los treinta del siglo pasado imaginamos que los transportes desde una aldea a unos treinta o cuarenta kilómetros de Baza no era sencilla a no ser que tuvieras una buena mula o un burro.
Lo de los caballos estaba reservado a los señoritos, a la Guardia Civil, al Ejército.

Si te pillaba pleno agosto de por medio, o un gélido febrero, sólo iniciabas el viaje a Baza en caso de enfermedad o por un negocio inevitable.

Mi abuelo F. empezó a trabajar cuando era un niño. Apenas fue al colegio, pero aprendió a leer y escribir, cortesía de un cura de la zona, que congregaba a los chavales que podía junto a la iglesia, imagino que pequeña (hoy no quedan vestigios).

Imagino el camino, cerro arriba, y las pedradas que se tirarían unos a otros. Irían pocas niñas, porque las madres pronto las acaparaban en casa, pues el trabajo doméstico no tiene temporadas fuertes ni débiles. Es todo el año. Algunas veces, toda la vida.

En cuanto pudo cargar sacos de trigo, casi siempre de esparto, y nada más pudo segar de sol a sol, cuidar a las bestias y sacar leche de las cabras, mi abuelo se empleó. Primero, como criado del amo del cortijo, que parece que le trató bien. También es verdad que muchas veces con quien trataba era con los capataces o con otros criados con más derechos y responsabilidades.

Luego, o entre tanto, hizo de pastor. Labor solitaria que empezaría con alguien, supongo, un pastor más experto, incluso puede que con su propio hermano.

Más tarde, le llegó la libertad, con la edad adulta, y la necesidad de hacer de jornalero, de integrarse en cuadrillas, de viajar donde dijeran que había trabajo. A veces llegaban a la era donde había que trillar y sobraban jornaleros. A menudo, los miembros de una cuadrilla, vecinos e incluso familiares, si la peonada tocaba cerca, acababan peleándose. Con o sin consecuencias graves.

En algún momento, le tocó hacer el servicio militar, y entonces llegó hasta la frontera de Francia con Catalunya, más lejos de lo que jamás habría pensado, y empezó a gestarse un hombre honesto, pésimo como arribista, pero de palabra y cumplidor.

Al regresar de la mili su novia, con la que pensaba casarse en cuanto ahorrara un poco, se había olvidado de él y estaba con otro.

No hay fotos de mi abuelo de cuando joven. No hay nada anterior a sus sesenta y pico años. No hay manera de saber si era un hombre delgaducho, como ahora, que los años le han chupado las carnes. Seguro que nunca tuvo sobrepeso, porque cuando tenía todos los dientes, como dice él, no había para jamón. Ahora que podría tomar una “miaja”, apenas le quedan dientes. Y para colmo, con la jubilación le detectaron diabetes.

Por supuesto, que mi abuelo tuvo descendencia. De lo contrario, yo no estaría aquí. Pero su matrimonio fue un fracaso. Y con los hijos no le fue mejor. No es que le salieran dos calaveras, pero su mujer, mi abuela, tuvo un aborto de una niña. Y de sus dos hijos, sólo se habla con uno de ellos.

Y los problemas con su esposa y su hijo mayor no son nuevos. Debieron de empezar a mediados de los sesenta del siglo XX.

Se pudieron resolver, pero en un arranque de dignidad, se negó en rotundo a ceder a chantajes emocionales de tierras tras una reconciliación forzada con mi abuela y un reencuentro bastante poco sincero con mi tío. Quizá fue su mujer quien lo forzó todo, porque mi abuela dejó de serles útil en el bar. Pero eso son conjeturas.

El caso es que se volvieron a separar. Y una vez separados, mi tío volvió a perder el contacto con su padre. Y mi padre con su hermano. De nuevo, dos bloques: el hijo menor con su padre; el mayor con su madre.

Mi abuelo se sintió estafado y ya le habían puesto el caramelo en la boca: sus nietas, las hijas de mi tío.

De pronto murió mi abuela y no se atrevió a ir al tanatorio ni al entierro: no sabía cómo le habría tratado su propio hijo, ni su nuera (no sé a quién temía más). Hasta el último momento deseé que fuera al funeral religioso, aunque fuera con la parte maldita de la familia (nosotros), al final de la iglesia, ignorado por los suyos. Yo creo que él tendría que haberle dedicado una última señal de respeto a la que fue la madre de sus hijos, pero el corazón le había dado un susto y mis padres lo acabaron de convencer de que no fuera.

Han pasado muchos años. Mi abuelo vive en un sofá de una casa de alquiler (es imposible llevarlo a casa de mis padres). Cada vez le fallan más órganos y más huesos. Apenas puede andar. Y lo peor es que lleva años hablando de la muerte, como un destino deseado y, a la vez, temido.

Me cuesta mucho escucharle decir eso, pero he comprendido que es una prueba. A los veinte minutos de quejarse amargamente, cambia de tema y empieza sus largos monótonos con batallitas en las que te presenta a personajes de su juventud e infancia, la mayoría desaparecidos.

Las fechas no siempre siguen un orden fijo. Algunos apellidos trastabillan. Si intento seguir una cronología me resulta imposible: echo cuentas y me quiere hacer creer que se fue al servicio militar con quince años o se casó con cuarenta. Y nada de eso fue así. Fue todo más normal.

Mi abuelo ha vivido casi toda su existencia solo. En el sentido más estricto del adjetivo. La soledad, aunque estuviera rodeado de gente o no, le ha impedido proyectarse más. Por eso, es una persona atípica, alejada bastante de la sociedad, casi con la tele y antes con la radio como único vínculo con esa entelequia falaz que representa a los demás, la normalidad, etc.

El hombre se alegra de verme, pero también le fastidio si le suelto una broma como antes, porque ahora hay días en que no distingue la realidad y si se le mete en la cabeza que le he intentado engañar con una carta del banco, que es a lo que más le tema junto a la pensión, entonces me trata como a un enemigo. Con respeto y casi con cariño, porque imagino que en el fondo sabe quién soy, pero se me pone hasta la cara de traidor.

En el fondo, sé que sólo espera que vuelva su hijo. Luego, aparte sus nietas. Y si vienen sus bisnietos, mejor. Pero sobre todo él quiere saber que su hijo está bien, porque algunos dicen que anda mal de esto o de lo otro y luego lo toman por tonto y le comentan durante varios días, si él saca el tema, que está mucho mejor.

Los silencios le delatan. Mis padres se vuelcan con él. Le dan todos sus caprichos, que son pocos, pero casi siempre se trata de negaciones incómodas y difíciles de explicar: no quiere venir a casa a comer, no quiere pasar un día en el chalé que él mismo ayudó a construir, se niega a dar una vuelta con el coche.

Dice que no quiere molestar, pero más que molestar, hace sufrir a quien le ve, allí sentado, en el sofá, días tras día, con frío y la estufa apagada para no gastar o con el calor levantino insoportable y el ventilador detenido para gastar un poco menos. Siempre convencido de que espera es inútil, porque su hijo no vendrá.

A veces me dan ganas de secuestrarlo, obligarlo a entrar en la casa baja donde está instalado mi abuelo y soltarlo allí. Pero ni siquiera soy capaz de llamarlo por teléfono, ¿cómo voy a montar un comando?

Dentro de poco me sentaré junto a él y si tengo un día horrible tendré que pensar en otra cosa mientras me habla del fin de sus días. Además, tendré que asentir o negar, o si tengo fuerzas seguir sus devaneos convincentemente. En algún momento conectará con el pasado y me hablará de sus historias.

Un tipo neurótico y egocéntrico como yo tiene problemas para las escuchas terapéuticas. En mi interior, se siguen cociendo mis fantasmas con caldo Avecrem y lo que estaba parado, sigue así, y lo que va torcido, irá a peor si no lo remedio. En cualquier caso, no se me ocurriría desparramar sobre mi abuelo toda mi constelación de problemas.

Para él, está la salud, el trabajo y una buena mujer. Mi salud no corre un grave riesgo, pero a mí me parece de calidad baja; el trabajo es un desastre y a la buena mujer, pues ya la ve él mismo.

Poco tengo que contarle, pues.

Para rematar, no da consejos. Puede que mi abuelo naciera para ser otro neurótico, egocéntrico. Quizá, de haber nacido yo en su lugar, ahora sería el hombre bueno, para nada perfecto, pero estoico e íntegro que nunca seré, porque pienso evitar a toda costa interpretar el papel de monumento al viejo que pasó por la vida intentando no molestar y al que persiguió la mala suerte.


Al final, tenía que hablaros de mí. Era inevitable. Y estúpido, porque sobre mi abuelo paterno podría escribir varios libros sin soltarme del teclado. Por si no tuviera suficiente, está mi otro abuelo, F. Lloret: hasta hace poco en las crónicas orales de La Vila Joiosa su nombre siempre salía a relucir como el tipo valiente y burlón que siempre dejaba al personal sin palabras. A pesar de su tartamudez. 

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