miércoles, 5 de diciembre de 2012

La novela hipermoderna y mis problemas

Acabo de leer una novela que la crítica ha ensalzado casi unánimemente y yo, correligionario de los firmantes en los suplementos literarios, allá que he ido.

Me refiero a Democracia, de Pablo Gutiérrez. Y sí, es una novela en toda regla a pesar de que se va desarrollando a sorbos, o a borbotones si se prefiere, porque por momentos la trama principal se cuela por no sé qué sumideros y, como dice la canción, el hilo puede perder al lector.

Aunque da la sensación de que al autor le importa más subrayar el mensaje que contar una historia.

El universo de Gutiérrez se parece mucho a una fábula anticapitalista de la actualidad y creo que, a la postre, es lo que ofrece, sin variar ni un ápice lo que promete en la contraportada. Digamos que el pescado ya está vendido antes de leer la primera línea.

La verdad, como mensaje, Democracia no descubre nada. Y lo novelado se queda en la profusión de aventuras.

Si el qué resulta poco inspirado, habrá que buscar la excelencia de la novela en el cómo.

Y la hay: como otros reseñistas han indicado, el autor parece imbuido del estado de gracia de la prosa y realiza tantas virguerías con el lenguaje como se propone. Su propuesta, en ese sentido, resulta tan estimulante como leer al mejor Benítez Reyes.

Sin embargo, en el modo de narrar de Gutiérrez hay algo que no me convence: hablo ahora de la sucesión de peripecias de los personajes que se suceden entre frases cortas o asíndentons que descansan sobre otros, como si las subordinadas estuviesen prohibidas en el texto o fuera necesario crear una tensión que no surge de lo narrado a partir del ritmo oracional.

De vez en cuando, introduce acertadas notas sobre la crisis económica con nombres y apellidos. Y ya se me escapa el porqué de la presencia algunos versos dispersos por el texto, como los de Rubén Darío, Pablo Neruda y creo que incluso de Antonio Machado. Aunque no desentonan, porque suelen venir al caso y no crean otros subsistemas capaces de tapar lo anterior cual experimento nocillero.

Sí, todo queda la mar de bien, ¿pero a qué obedece su presencia? Mejor ubicados quedan los fragmentos sobre economía y filosofía. Quiero decir, vienen más al caso.

La novela se lee con celeridad y con gusto, pero insisto ¿hay una historia potente detrás de tanta ingeniería prosística?

Los personajes, con tanta fragmentación, se quedan un tanto aislados tras su apabullante lista de circunstancias. Y es que Pablo Gutiérrez se preocupa tanto por darle verosimilitud a sus relatos, no se guarda detalle sobre el pasado de los personajes más destacados.

Alguna nota de humor hay, más allá del tono sarcástico general cuando habla de los mercaderes de la Bolsa, tono que está muy bien tratado, por cierto, pues difícilmente se atisban muestras de su peor enemigo, el cinismo. El autor, eso es cierto, no se corta a la hora de trazar una escena tronchante como cuando se refiere a una especie de monos con demasiado ardor sexual por los humanos (sublime esta parte de la novela) o describe momentos crudos. Da la sensación de que Pablo Gutiérrez trata de ser honesto y va hasta el límite, y eso puede quedar mejor o peor según el momento, pero resulta del todo encomiable en líneas generales.

¿Y dónde está el problema? En el fondo, preferiría que la carpintería de la novela quedase menos a la vista y que la historia me atrapase más por lo que se puede ir desgranando que por su tratamiento o el mensaje antisistema. No es el caso. Puedo decir que Pablo Gutiérrez hace un ejercicio lingüístico de primer orden, pero también que su propuesta me deja frío porque entre lo que cuenta y yo hay un muro, un muro precioso si se quiere, pero los ladrillos siguen siendo opacos.

Ya puestos, también me maravilla que de vez en cuando la crítica aplauda lo mismo que censura en otras propuestas, a saber: mezclar personajes y hechos de la actualidad con la ficción, el relativismo, los puntos de vista dispares, los guiños al lector, etc.

Sólo espero que nadie adquiera Democracia pensando que se trata de un ensayo. Las compras navideñas son muy traicioneras.

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