martes, 1 de julio de 2014

El curso más amargo

Antes de pasarme a la enseñanza, sufrí todo tipo de humillaciones en el ámbito de la empresa privada, ni más ni menos que otros, pero igualmente dolorosas.

Recuerdo que, trabajando de teleoperador, me cayó una bronca por utilizar dos veces seguidas el sistema de reclinación de una silla. Recuerdo que una chica de más o menos mi edad me gritó: "¿Es que quieres romperla?"

En otra ocasión, mi coordinadora me amonestó por ir al baño tres veces en ocho horas.

Pero no todos los abusos ocurren en los denominados trabajos basura.

Trabajando en una editorial me llamaron al despacho del gerente porque un tipo que se llamaba como yo había escrito un artículo en una revista de una editorial de la competencia. No tenía contrato de exclusividad (sólo faltaba con la miseria que cobraba), pero el gerente me anticipó que era un asunto muy grave dado que ellos publicaban una revista de la misma temática. Delante de mis narices llamó a la editorial y le confirmaron el segundo apellido del redactor, que, por supuesto, no coincidía con el mío. El tiparraco colgó, me dijo que me marchara y no me pidió perdón.


Otro día me acusaron de haber provocado que del retrete subiera el agua sucia de orines y defecaciones. ¿Cómo narices se hace eso? ¿Por qué me dedicaría a hacer ese tipo de cosas?

También preguntaron a un compañero cómo había ido vestido a una reunión, pero con recochineo, como si no supiera distinguir entre una reunión de trabajo y un partido de fútbol con los amigos.

Ya en la enseñanza, tuve que aguantar cómo dos alumnas despotricaban sobre mí en el despacho del jefe de estudios. Ante mis protestas, el jefe de estudios me dijo que me callara, que las dejara expresarse. En ese momento el tema de la conversación era que yo les tenía manía. Otro día, cuando me quejé de ese mismo grupo tras expulsar a tres alumnos, el jefe de estudios me "apoyó" sembrando la duda: "¿acaso no será que no sabes hacerte respetar?"

Lo de este curso ha superado todas mis expectativas hasta el punto de haber terminado en la consulta de un psicoterapeuta y, de baja, por una crisis de ansiedad.

Según dos miembros del equipo directivo del colegio, lo mejor que podía hacer, tras dos meses de trabajo en el centro, era aceptar un alta fraudulenta de la persona a la que estaba sustituyendo para quedarme sin trabajo y, a posteriori, ser trasladado a otro centro.

Los posibles motivos eran:

-Dar una clase sin advertir que los niños habían movido unos centímetros el armario que tenía a mi espalda.

-Haber roto una papelera sin querer al retirarla con el pie, aunque la versión de los niños es que yo le había dado una patada como si chutara un penalti.

-Haberme equivocado de carpeta con las peticiones de beca al comedor, acusándome de que les había dejado sin beca, aunque me consta que nadie se quedó sin su beca por ese descuido.

-Decir de broma "historias de amor, al patio" tras un momento gracioso en el que tres niños acabaron amontonados los unos a los otros en plena sesión de teatro.

-Poner los deberes de inglés muy difíciles, algo que reconocí cuando la madre se quejó, y que reparé en menos de veinticuatro horas con nuevos ejercicios, más adecuados a un nivel de inglés, que desde luego no sabía que era tan bajo, porque no me había dado tiempo a averiguarlo.

Sin embargo, el motivo más importante era que las madres no estaban nada contentas con mi labor. Ante mi pregunta: ¿cuáles son los motivos? Siempre se me dijo (las tres ocasiones que lo pregunté formalmente) que no era nada grave, que era en general. Por si acaso, me reuní con la representante de los padres en el Consejo escolar y me negó haber recibido ninguna queja sobre mí.

Para más inri, la petición de que saliera por la puerta de atrás del colegio se me hizo en mitad de un permiso de paternidad y bajo la obligación de reunirme en el centro. Afortunadamente para mi dignidad, me negué al chantaje emocional y a la reunión.

Luego, a la vuelta de mi permiso, algo hizo crack en mis defensas. Mi autoestima había quedado hecha picadillo y me puse enfermo. Al desaparecer del escenario, el equipo directivo me advertía cada cierto tiempo: "no vuelvas hasta que no estés recuperado al cien por cien".

En realidad, el Sistema tampoco ayudó. Siendo profesor de inglés, con experiencia en secundaria, una desgraciada opción en un sistema informático de asignación de puestos de trabajo terminó con mis huesos en un centro de primaria.

No habría pasado nada grave si me hubiera limitado a dar clases de inglés, pero mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que...

1) Me habían hecho tutor de una clase de niños de 9 años, y tutor individual de 14 niños. ¿Por qué a mí si acababa de llegar?

2) Tenía que dar clase de las siguientes materias: además de inglés, lengua castellana, catalán, ciencias sociales, huerto, informática creativa, teatro. Entonces, ¿de qué servía especialista en inglés, si en realidad dedicaba a esta materia un porcentaje bajísimo de mis clases?

3) De todas estas materias sólo contaba con libros de inglés. Precisamente de inglés. Del resto de asignaturas tenía que fabricarme los materiales a pesar de que cada año hacían lo mismo. Sin embargo, las programaciones eran incompletas y nadie me ofreció compartir los materiales de otros cursos.

La verdad es que hice lo que pude, pero eso a veces no es suficiente. El fracaso estaba cantado. Y me temo que a veces las historias de tesón y esfuerzo acaban mal.

Dentro del equipo de maestros me encontré un puñado de buenos profesionales y excelentes profesionales que intentaron ayudarme, pero también me hallé con funcionarios egoístas y/o trepas que me hicieron sentir no sólo prescindible sino inútil.

El sistema de broncas estaba bien planificado: primero venía la directora, luego la jefa de estudios, luego una maestra con influencia y finalmente otra con ganas de trepar. Uno de los maestros me daba la puntilla acusándome de no tener vocación, de no estar implicado y de no querer integrarme en el grupo (a pesar de que no me conocía de nada).

Por si fuera poco, cuando intentaba sacar un tema de conversación en la comida había dos maestras que, un día sí y el otro también, trazaban la más asquerosa mueca de asco que sus caras podían lograr. No responder a mis saludos se convirtió en la tónica habitual.

Hace poco volví, con el alta en la mano, y como siempre, me maté para dejar el trabajo terminado, porque la burocracia en el centro es absurdamente infinita. Creo que lo conseguí.

La guinda al pastel ocurrió al final del último día. La directora me negó el derecho a asistir a los claustros del último día. Sin embargo, no me permitió salir antes para poder solucionar el papeleo con la administración y pedir con tiempo mi prestación de desempleo. No. Su objetivo era que embalase con cartulinas los armarios para que no entrara el polvo, aparte de desmontar murales y recoger chinchetas del suelo. Pues también lo hice.

El penúltimo día tomó otra decisión: prohibirme entregar los boletines de notas a los padres de los alumnos. Ante mi estupefacción me salió con que era mejor evitar enfrentamientos e incluso "comentarios desagradables". Pero, ¿acaso había matado a alguien?

Descanse en paz este colegio. Por mi parte está muerto y enterrado. A mí no hay quien me quite de la cabeza de que fui víctima de un caso de "mobbing" como la catedral de Burgos. No creo que fuera intencionado. Sostengo que el equipo directivo pensó que el centro funcionaría mejor con un maestro con experiencia que conmigo y, sin mala intención, arrasaron con lo único que nos mantiene en pie aunque todo lo demás falle, nuestra confianza en nosotros mismos.