viernes, 11 de julio de 2014

Cementerios vacíos bajo la luna nueva

En un corto trayecto en metro y, luego de paseo, me he encontrado con tres parejas discutiendo. En una de esas escenas, ella y él, muy jóvenes, estaban locos por abrazarse y reafirmar su amor con un beso, pero no podían hacerlo. Había una fuerza centrífuga que lo impedía. Al resto de parejas he preferido verlas de soslayo. Más tarde he dicho en voz alta: "seguro que hay luna llena".

Casi he acertado y prometo que no me pierdo en los tejados de Barcelona intentando atravesar la contaminación lumínica y tóxica. El sábado, si el calendario lunar no se equivoca, habrá un ojo más en el firmamento. Quién sabe si malévolo o loco, como se cree popularmente, o hermoso faro que despeja las tinieblas como prefiero considerar a este fenómeno óptico, tan irreal o cierto como su contrario, que es la oscuridad de la luna nueva.

Esta noticia (haz clic en la palabra, por favor) no es tal, porque para serlo tendría que ser nueva, como la luna que, callada, sirvió de cómplice a los trágicos "paseos" de la Guerra Civil. El dato salió en algunos medios hace dos años, pero en realidad tiene casi siete décadas, más de lo que algunas personas llegan a vivir.

Todavía hay en España más de ochenta mil cadáveres enterrados en fosas. Huesos podridos que fueron seres humanos. Algunos tuvieron descendencia. La mayoría vació de lágrimas a sus seres queridos. Ninguno gozó del derecho a un juicio justo.

Digo más: es probable que más de la mitad ni siquiera hubieran cometido ningún delito en su vida.

Que España está podrida lo he dicho y escrito más veces de los que algunos se imaginan que querría. No, no me complazco en glosar los desastres. A estas alturas ya he aprendido que es imposible pasar por el estercolero sin hundir los pies en la mierda.

También me he dado cuenta, tarde, de que hay basura que se va con una ducha, y otra que deja su huella en la piel, inyecta sus bacterias venenosas en los poros y se filtra en la sangre.

www.memoriahistorica.gob.es/MapaFosas/index.htm
Este país está envenenado. Se ve en los titulares de los periódicos, se huele en las cunetas de esos pueblos desterrados, y sirve para entender algunas de las claves del desastre al que parece condenado.

Se entiende así, por la putrefacción, digo, que cada cual intente robar a los demás, que se burle a la Justicia, que impere el cinismo entre los responsables políticos elegidos por una masa que, por lo general, mira hacia otro lado o sueña con poder meter la mano en la caja.

Tienen que sacarse las decenas de miles de personas enterradas sin ningún permiso ni humanidad en el Valle de los Caídos y devolverse a sus descendientes o a la tierra que los crió. Cueste lo que cueste.


Hay que llenar los cementerios vacíos de los pueblos abandonados de muertos que se confunden con las osamentas podridas de perros y asnos. Hay que ponerle nombres y apellidos a los cadáveres que claman por su descanso en la memoria de los que no pueden olvidar.

Si no se está de acuerdo es que no se entiende. Si no gusta el texto no es demasiado grave, pero si el mensaje principal logra descodificarse en tu cerebro y no ocurre nada, entonces nos empobrecemos todos un poco más, porque oponerse a la restitución de la memoria histórica es apostar por la barbarie.

Se hace tarde, la luna llena quiere formarse en un cielo endiablado, y no tengo tiempo para filosofadas. Sólo visualiza a tus abuelos, tus padres o a quien más quieras bajo un montón de tierra anónima y sucia. Este sentimiento. Ya lo tienes, pues a menudo lo más importante no se puede explicar ni demostrar, ni siquiera esbozar. De ahí el placer y el dolor inmenso que algunos (muchos) experimentamos al intentarlo (sabiendo que hay metas, ideas y sentimientos inasibles).

Y la miseria, como la grandeza humana, va por dentro, tan callada como la luna nueva.




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