jueves, 6 de marzo de 2014

Un momento en la vida

Así te quedarás si sigues leyendo esta bazofia.
Llega un momento en la vida en el que te cambia el chip. El ahora se revela como el único instante en el que merece la pena centrarse, porque sólo en el presente podemos dirigir nuestras acciones y, además, gozar del momento. Revivir el pasado es pasar álbumes de fotos vacíos que rellenamos con los caprichos de la memoria. Apuntar demasiado hacia el futuro es una fantasía que en el mejor de los casos sólo nos puede acarrear problemas nerviosos. Como mínimo, frustración.

Esto del cambio de chip no se puede programar con un par de clics de ratón. Habrá quien, a las primeras de cambio, sea capaz de efectuar el cambio, pero para la mayoría de nosotros no resulta tan sencillo…

Puede que, a pesar de que los libros de autoayuda se repiten como el ajo, cada uno de nosotros tenga una idea de lo que es vivir en modo negativo y vivir en modo positivo y, además, resulte más complejo que las cuatro recetas básicas para vivir sin preocupaciones y alejarse de la "gente tóxica".

Es posible, incluso, que los cambios no se efectúen a la vez sino que se desencadenen progresivamente y en un orden aparentemente caótico (desde luego, no en el mismo orden para cada persona).


Hay que considerar, por último, que el cambio de chip no se culmine nunca. O sea, que al igual que el resto de procesos que experimenta nuestro cuerpo y nuestra mente, siempre estemos en continua transformación. Para entenderlo supongo que hay que contemplar la vida, la naturaleza humana y sobre todo el Universo, como un contínuum. Reconozco que me es imposible pensar sin las coordenadas espacio y tiempo, pero puesto que entiendo que estas coordenadas sólo existen relativamente (o sea, en relación a nuestro modo de pensar) hay que considerar al menos que la realidad, lo que hay y no lo que interpretamos, se pueda examinar más allá del antes y el después, la causa y el efecto, etc.

Aunque sólo sea porque lo manda el instinto de supervivencia racional, no el darwinista, hay que tratarse con amor (las teorías evolucionistas seguidas al pie de la letra parecen indicar lo contrario: la especie humana saldría beneficiada de cualquier exterminio, puesto que se supone que sobreviven los más fuertes). La piedad hacia uno mismo es la primera piedra para conseguirlo. Quizá, y sé que cuesta de tragar, aquel desgraciado que nos mostró la parte más asquerosa del ser humano sólo estaba allí para ayudarnos a ver las cosas de otro modo.

No rechazo la hipótesis de que en realidad estuviera allí porque vivimos en un mundo en el que es fácil dejarse llevar por la arrogancia y la ira. Parece como que la vida, así en general, nos debe una cantidad infinita de recompensas. Creemos que el solo hecho de desear algo nos da derecho a destruir lo que consideremos que se sitúa entre el objetivo y nosotros. Incluso hay quien se afana en eliminar cualquier residuo de aquello que cree amar. Obviamente, el amor es otra cosa. Por eso decía algunos días que no existe, porque es tan caro de ver como la bondad.

Consciente de que el cambio se ha iniciado, no me molesta que haya personas que se ponen la venda en los ojos y actúan como si sólo importaran sus ansías de disfrute y de posesión. Lo acepto. Incluso me repondré cuando me analice y vea que me he comportado exactamente así. Me perdonaré, porque es lo más sensato: me hace sentir mejor y me beneficia pues no pienso dejar de cometer errores. De paso, creo que mi relación con los demás sale beneficiada y me apetece más que me recuerden como un idiota que intentaba hacer el bien que como el listo que iba puteando a los demás.

Lo que sí me preocupa es que una vida dé para tan poco. Deberíamos asumir desde la infancia las palabras sobre el prójimo, ya presentes en uno de los textos fundamentales del budismo, el Dhammapada:

"Nunca cesa el odio al odiar en respuesta.
Sólo mediante el amor puede el odio llegar a su fin.
La victoria engendra odio;
los vencidos albergan pena y resentimiento.
Aquellos quienes abandonan toda idea de victoria o derrota,
obtendrán la calma y vivirán felices en paz.
Salvemos al avaro con generosidad;
salvemos al mentiroso con la verdad".

Los expertos no se ponen de acuerdo en si Jesucristo nos invitó a amar a los enemigos como a nuestros seres queridos o nos pidió que “simplemente” los perdonáramos o, según otros estudiosos de la Biblia, los tratáramos con piedad y misericordia. Parece que un error de traducción del griego “agapeo”, que no es simplemente “amar”, tiene la culpa de las diferentes interpretaciones. Lo que sí es seguro es el Nazareno no bendice el odio ni la revancha en ningún fragmento de los Evangelios. Además, para todo lo que le tocó soportar, no se muestra proclive a la violencia, por más que se insista en el episodio de los mercaderes en el templo.

Igualmente, en el Nuevo Testamento hay pasajes muy representativos sobre una nueva forma de vivir: "El amor tiene paciencia y es bondadoso. El amor no es celoso. El amor no es ostentoso, ni se hace arrogante. No es indecoroso, ni busca lo suyo propio. No se irrita, ni lleva cuentas del mal". (1 Corintios 13:4-5).

Algunos diréis que lo humano, por tanto lo natural, es revolverse contra el enemigo, incluso vengarse. Por supuesto que admito que es la forma más habitual de proceder. Sin embargo, no estoy tan seguro de que sea lo natural. Hasta donde sé, la mayoría de los animales no guarda rencor a otros seres ni, desde luego, deja que se le pudra el corazón albergando odio. Me parece que hay mucho en la evolución humana, y creo que tiene que ver con el desarrollo del cerebro, que presenta rasgos de involución.

De alguna manera, el considerable aumento en nuestra capacidad de raciocinio va en contra de nuestra propia naturaleza. Me da la sensación de que cuando más nos acercamos al descubrimiento de los misterios del Cosmos, más nos alejamos de las emociones más puras y, desde luego, más nos llenamos de ruido y de basura.

Es posible que un mayor raciocinio no desemboque necesariamente en una menor espiritualidad. Tal vez todo este sinsentido que es la escala de valores capitalista comúnmente aceptada sea el resultado de una mala previsión. Al igual que el primer “homo sapiens” no fue consciente de serlo, tampoco parece de recibo que hiciera un seguimiento pormenorizado de sus avances tecnológicos e intelectuales. Es razonable pensar que la forma de transmitir los conocimientos fuera perdiendo progresivamente una filosofía humanitaria que en esencia existía en los primeros humanos inteligentes.

En ese sentido, no estoy seguro de que los primeros “sapiens sapiens” se comportaran exactamente como los animales que actúan por mero instinto y cometen las mayores atrocidades sin ser conscientes de que exista un modo mejor o peor de actuar. Me inclino a pensar que estos primeros seres humanos con un cerebro similar al nuestro llegaron a vivir algunos años, quizá siglos, respetando el medio ambiente, compartiendo sus logros y, en fin, cumpliendo esa utopía que unos colocan en el Paraíso y otros en el manifiesto comunista.


Por supuesto que nunca sabré si he cambiado de chip. Supongo que hay cientos de miles de botones que pulsar en nuestro interior y que con esta reflexión desnuda lo único que intento es buscar un sendero para conseguir la paz, que es el anhelo de todo bien nacido.



NOTA: La tan infravolorada Wikipedia me ha chivado que “Agápē (en griego ἀγάπη) es el término griego para describir un tipo de amor incondicional y reflexivo, en el que el amante tiene en cuenta sólo el bien del ser amado. Algunos filósofos griegos del tiempo de Platón emplearon el término para designar, por contraposición al amor personal, el amor universal, entendido como amor a la verdad o a la humanidad. Aunque el término no tiene necesariamente una connotación religiosa, éste ha sido usado por una variedad de fuentes antiguas y contemporáneas incluidas la Biblia cristiana.”

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