martes, 5 de noviembre de 2013

En paz con nuestros mayores (los desheredados)

Hasta hace poco tiempo teníamos una ventaja sobre nuestros padres y abuelos. El mundo no ha cambiado demasiado en cincuenta o sesenta años, pero no hay duda de que los defectos del sistema se han exagerado, mientras que parece que los ideales de justicia, igualdad y libertad se han desvirtuado en los países donde mejor han ido las cosas (se da por supuesto que están instaurados y ése es precisamente el error).

Y digo que teníamos una ventaja, porque desde que nos creímos que habíamos conseguido instaurar el estado del bienestar, algo que sólo han rozado las clases medias de algunos países del norte de Europa, automáticamente los jóvenes nacidos en las décadas de los setenta, ochenta y noventa conseguimos sobrevivir en el mundo laboral sin perder la dignidad. Desde luego que algunos sufrimos para abrirnos camino en el mundo laboral, pero conozco pocos casos de maltrato. Al menos, siempre teníamos la posibilidad de marcharnos.


Nuestros mayores fueron esclavizados y ninguneados por los que les daban trabajo como quien ofrece las sobras de una limosna y espera a cambio un reconocimiento.

Estaban sometidos por las fuerzas de seguridad, de manera que eran fuerzas represivas. Los políticos también ejercían su poder feudal, además de los terratenientes, los amigos de todos los anteriores, etc.

La pérdida de la dignidad dio como fruto, en casi todas las ocasiones, la anulación de la capacidad de trascender de los españoles. Prohibido anhelar, desear y, sobre todo, soñar.

Nuestros mayores tuvieron que tragar con el veneno turbio, sin saber por qué ni quién ni cuándo ni dónde y aprendieron desde bien pequeños que no era bueno escarbar en el pasado, que el presente era duro y el futuro sólo pasaba por trabajar: cada uno en su lugar.

Y daban las gracias por tener un mendrugo de pan y un pedazo de pichón para el caldo.

A partir de los setenta se abrieron otros horizontes, que apenas trastocó el espíritu de nuestros antepasados, pero sí que les permitió criar hijos con un espectro más amplio de valores.

Que no les falte de nada a mis hijos, porque a ellos les había faltado todo.

Que estudien, porque ellos apenas fueron al colegio.

Que sepan que el pasado de la Dictadura fue terrible, pero mejor no insistir demasiado en ello, porque ellos tendrán miedo hasta el fin de sus días.

Nosotros, los herederos, fuimos educados con la esperanza de que estudiáramos. Nuestros padres harían el esfuerzo por pagarnos los estudios si conseguíamos llegar a la universidad.

La bonanza económica de nuestros padres se palpaba al instante. Si todo iba bien, nuestros hermanos tendrían más juguetes que nosotros. Y las habitaciones de nuestros nietos no darían abasto para tanto trasto.

Todos, ellos y nosotros, esperábamos que haciendo los deberes, o sea sacándonos la carrera, podríamos trabajar en un puesto donde no tuviéramos que partirnos el lomo ni subir a andamios ni bajar a las minas ni desafiar la furia del mar.

Ganaríamos mucho dinero y llegaríamos a viejos de una pieza.

Ésa era la herencia de nuestros mayores. A cambio habían perdido la dignidad y nos habían regalado el tiempo, o sea, la vida entera.

Sin embargo, poco a poco se fue descubriendo que ese anhelo de nuestros padres, su única posibilidad de soñar, delegando en nosotros el beneficio de esa quimera, era una mentira sin base ni fundamento.

La primera gran crisis económica del siglo XXI destapó la falsedad de un precepto que el propio sistema caduco y dictatorial, metamorfoseado en falsa democracia, se encargó de instalar en las mentalidades de gente trabajadora y llana, incapaz, por falta de preparación y de tiempo, de desarticular todo intento de manipulación.

Cuando un señor o una señora que pasa de los treinta años, que se ha formado según las posibilidades que el sistema educativo español le brindaba, se queda sin trabajo y sin esperanzas de conseguir un empleo duradero que le guste mínimamente o que le permita realizarse, se da una doble ruptura. Por un lado, se queda estancado en el fango y, por otro, se aleja de su destino.

Nuestros mayores pueden considerar que no hemos hecho lo suficiente, o quizá puedan culpar a la crisis, o a los políticos del momento, o al sistema educativo si van más lejos, pero difícilmente encontrarán la raíz del problema en la mentira que se han tragado. Aun en el caso de que pudieran, sería demasiado doloroso descubrir que gran parte de su trabajo duro sólo ha servido para pasar de un coche viejo a uno nuevo, de un pisucho a otro veinte metros cuadrados mayor.

Nosotros podemos analizar el hecho en su conjunto y quedarnos sin argumentos: si todo indicaba que fracasaríamos, ¿cómo se puede solucionar cuando todo está en nuestra contra?

También podríamos ver el fenómeno de modo parcial y atacar a cualquiera de los factores o actores fallidos.

O autoculparnos y flagelarnos.

Y, desgraciadamente, podemos sentirnos desheredados, de manera que creamos que nuestros padres nos insuflaron unas expectativas que tendrían que haber previsto que tal vez no se cumplirían.

No queremos dañarlos, porque nos sentimos superiores: nuestro conocimiento teórico del mundo es mucho más elevado que el suyo. Nuestra adaptación a las nuevas tecnologías es infinitamente superior. Las cosas que ellos saben, el esfuerzo, vivir como si no tuvieran dignidad pero dignamente y muchos más valores que no recocemos, no nos importan porque no sabemos siquiera que existan. Y si alguien nos las ilumina pondremos en duda su utilidad.

Angustiados, intentaremos salir del agujero como podamos y los empresarios estarán ahí para especular con sus negocios de bajos vuelos y nos contratarán dándonos las sobras, lo mínimo que establezca una ley perpetrada por otros mercaderes de seres humanos.

Trabajaremos el máximo de horas humanamente posibles y no llegaremos a fin de mes. El que tenga una casa sin alquilar, aunque esté en la misma situación que nosotros, no la pondrá en el mercado hasta que no le den el dinero que los comerciantes consideran legítimo. Paralelamente, sus sueldos bajarán como los nuestros. Desde luego, trabajaremos en lo que sea, nos dedicaremos a tareas para los que no es necesario pasar por una facultad y nos encontraremos lejos de realizarnos y a años luz de tener las cosas que nuestros mayores consiguieron con esfuerzo, pero consiguieron.

Dentro de unos años, cuando tengamos la edad de nuestros padres, descubriremos que también nos hemos esforzado. De una u otra manera hemos rendido cuentas con el deber de trabajar y tengo dudas de que la recompensa que obtengamos, los que soporten el tirón, merezca la pena.

Al menos nos queda el consuelo de poder hablar con nuestros padres cara a cara. Ya sabemos lo que es pasar sin la dignidad laboral por el mundo, con la cabeza gacha. Ahora bien, nuestros padres y abuelos, peor o mejor, tienen su vivienda y una pensión. ¿Nosotros qué tenemos?



NOTAS:

1. Si el lector tiene veinte años o menos, probablemente se haya encontrado con un padre peterpanesco que no encaja en la descripción anterior. Será como verse en un espejo. Esto amplía las posibilidades de la tragedia (me parece espantoso en su vertiente más cruda, pero si todo sale más o menos bien debería resultar incluso divertido).

2. He registrado la idea de los desheredados con el propósito de desarrollarlo en un ensayo. No seas modernísimo: no todo es tuyo por el mero hecho de poder acceder. Los contenidos tienen autores y autoras. Eso sí, puedes compartir el artículo hasta que te canses. También puedes posicionarte en contra punto por punto.


3. Todo intento de generalizar es injusto e incierto. Ahora bien, dudo de que haya otra manera de contarlo. ¿Quién va a realizar un estudio estadístico? ¿Quién respondería con sinceridad? Sí, he dedicado toda mi vida al trabajo y he agachado la cabeza por el bien de mis hijos. Imposible.

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