sábado, 3 de febrero de 2018

El cuaderno de Sara: entre el documental y lo tintinesco

La sala desierta. El viernes, noche del estreno. Una supreproducción española a priori de aventuras y con el aliciente de retratar la ayuda humanitaria en el centro de África. Belén Rueda tal vez no esté tan de moda como años atrás, pero nadie tiene motivos para quejarse de sus últimas actuaciones tampoco. ¿Por qué no hay nadie más en la sala? Ni idea.
He leído críticas entusiastas, apañadas, reguleras y muy aciagas. Me preparo, pues, para lo mejor, lo peor… u otra película más.
Empieza bien: dinámica, con una atmósfera de mal fario que seguramente se corresponda a la poca esperanza de tanta gente en las zonas convulsas de África.


Suceden muchas cosas, algunas de forma azarosa. Bien resueltas en lo cinematográfico pero demasiado tintinescas en su escritura.
Las estampas de Uganda y el Congo dan verdadero pavor: gente hacinada, caos, tristeza, dolor.
Cuando irrumpen las milicias de rebeldes, el salvajismo extremo de sus matanzas me sobrecogen. Parece tan real que ni siquiera tengo la sensación de que estén actuando.
La mirada de Belén Rueda es la de una cámara que rueda un documental. Cuando ella no está, de hecho, cualquiera podría pensar que estamos ante un gran reportaje de guerra porque nos falta el referente humano.
Hay una secuencia que me hace pensar que me he equivocado de película. Sucede en una aldea. Los dos protagonistas están subidos a un tejado. Desde arriba asisten impasibles a una ejecución cruel, rodada sin piedad.
Pienso que se lo podrían haber ahorrado, que con una elipsis la narrativa seguiría siendo igual de efectiva. Pero este sinsabor me sirve para captar, un poco tarde dirán algunos, que en esta cinta el director quería hacer denuncia, reportaje, y de paso una historia.
Entonces todas las piezas me encajan y decido protegerme de la crueldad extrema buscando en la labor de documentación de la película lo mejor de ésta.
Creo que hago bien, porque la película sólo da un poco de tregua al final.
En mi memoria quedará una África negra donde la vida humana no vale nada. La violencia parece gratuita y los soldados parecen disfrutar mucho, incluso demasiado. De la reflexión de lo visto en El cuaderno de Sara surgen dos consecuencias:
-La narración me parece cada vez más inverosímil. Que Belen Rueda salga viva es más que un milagro, porque nadie baja al Infierno y regresa.
-Lo peor de todo es que hay tanta muerte innecesaria, si es que alguna la es, en el film, que uno empieza a dudar de que al realizador y al guionista no se les haya ido la mano. Y esto es lo peor que le puede ocurrir a un espectador si sus artífices querían denunciar la miseria humana de esa zona del mundo.

La película, al final de esto, me parece fallida en sus dos vertientes, la del realismo y la de la ficción. Interesante sí, pero demasiado dura como para considerar que merezca la pena. Y es una lástima porque se nota el esfuerzo en rodarla con verismo y ahí se atisba el estupendo documental que podría haber sido.

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