lunes, 16 de noviembre de 2015

Viernes negro en París: una teoría y una denuncia

Mapa de la libertad de prensa en el mundo.
No voy a relatar lo que sucedió el pasado viernes 13 en París, porque ya lo habrás leído y escuchado de decenas de maneras, todas sospechosamente iguales. Por desgracia no cuento con información diferente. Sin embargo, creo firmemente que los gobiernos mienten. Todos. Lógicamente lo hacen por nuestro bien, pero resulta que a mí y, me gustaría pensar que a ti también, sólo me vale la verdad.

Tragaría con una versión subjetiva de los hechos, más o menos pintada del color que les conviene a los que mandan. Pero no trago con la mentira ni con la ocultación de la verdad que, en estos casos, viene a ser lo mismo.

Si piensas que te voy a soltar un rollo conspiranoico, deja de sufrir: no. Me da vergüenza ajena que proliferen textos y vídeos en Internet sobre las falsas banderas y autoatentados. No dudo de que alguna vez, más de las que me imagino, los gobiernos habrán jugado sucio simulando sufrir un atentado, pero de ahí a que todas las masacres se expliquen por un mismo factor dista un abismo.

Cuando todavía se pensaba, o se decía para angustiar a la población por partes, que había dos muertos, escuché al primer ministro francés decir que ya sabían que más pronto que tarde los terroristas iban a perpetrar un atentado en París.

Primera reacción: si esto es verdad, tendríamos que felicitar a los servicios de inteligencia por haber seguido la pista a los asesinos casi al punto de pillarlos. Por desgracia, ese "casi" supone casi 200 muertos y muchísmos heridos, por no hablar de la psicosis global que ha creado, que era el verdadero objetivo de esos criminales. Por tanto, siempre según las palabras de Hollande, qué buenos investigadores tienen los franceses y qué ineptos son los mandos de los cuerpos de seguridad. ¿Seguirá el gobierno francés insistiendo en esta cuestión? Me temo que no. Quizá si los diarios y los canales de televisión insisten mucho acabe cayendo algún árbol podrido de la jerarquía policial. No lo sé.

Ahora lanzo mi teoría. Pienso que, puesto que la policía, los agentes secretos o todos a la vez pisaban los talones a los terroristas, puede ser que el comando de ISIS planteara una táctica al despiste: enviar varios kamikazes al estadio de fútbol donde jugaban Francia contra Alemania, partido de interés máximo con la presencia, entre otros, de François Hollande para actuar como señuelo.

Es decir, mientras las fuerzas de seguridad de élite francesas abortaban los atentados contra el estadio de Saint Denise, varios terroristas armados hasta los dientes se apeaban de sus coches en sendos puntos del centro de París y se abrían paso a tiros con el objetivo principal de encerrarse en una sala de fiestas y darse un baño de sangre en lo que sería una ratonera sádica, inhumana e incomprensible para el común de las personas.

Fin de la teoría. Como ves, en mi exposición no hay illuminati ni autoatentado ni nada de eso.

Pensar que sacrificaron a sus propios compatriotas en una masacre que dejará tocada a la población durante años es de una ingenuidad muy irresponsable. ¿Para qué? ¿Para que vivamos con el miedo a cuestas? Ya vivimos así desde el 11S y desde la crisis. Son dos terrores distintos: el primero te puede matar en unos segundos, el otro te puede arruinar el futuro profesional, tus sueños y casi todo lo que tiene que ver con trabajar y dormir bajo un techo.
Mapa de la guerra mundial en 2015.

Si la premisa de la que parten los conspiranoicos es que Francia, o cualquier país necesita una excusa para bombardear Siria, entonces la ingenuidad es irrisoria. Vamos a ver: llevan meses diciéndonos que Siria está dividida en dos mitades. La primera malvive bajo la opresión de un dictador y la segunda bajo el gobierno de unos terroristas fanáticos. Sinceramente, no veo a los europeos demasiado preocupados por dónde caen las bombas en Siria. Tal y como nos lo han pintado parece que siempre darán en la diana.

La realidad, claro, es que los sirios que han podido escapar lo han hecho. Y no son cuatro, sino cuatro millones. Otra realidad que conviene saber es que todos los países vecinos han acogido refugiados más o menos en la medida de sus posibilidades excepto uno de los países más ricos e influyentes de la zona, y no sé si del mundo. Arabia Saudí, que cuenta con protección infinita antibombas, porque es el principal grifo del petróleo mundial y supongo que las multinacionales y la caspa gobernante le debe mucho a un país del que sabemos poco, aunque su régimen dista poco de cualquier dictadura donde no se respetan los derechos humanos básicos.

La denuncia es la siguiente: me da vergüenza, mucha, ver cómo todos los dirigentes de los partidos políticos españoles sin excepción han jugado a quedar bien en las redes sociales y, a posteriori, en los medios de comunicación clásicos. Todos han desplegado sus maniobras de marketing para ganar votos de cara a las elecciones.

Entre tanto, hay muchísima gente que, por Internet, ha puesto el acento en el comercio de armas destacando, por ejemplo, que España es el séptimo país del mundo en volumen de negocio. Como dos y dos son cuatro no hay que ser muy avispado para pensar que a los países del primer mundo les conviene que los demás, que aparte tienen la ventaja de estar lejos, profesar otra religión y hablar otro idioma, se maten entre ellos. Ya se sabe, sentimos más empatía por nuestros semejantes y por nuestros vecinos que por los demás. Por eso apenas nadie se mostró afligido en España sobre los doscientos y pico muertos en el avión ruso siniestrado en Egipto, y más de medio país lloró la muerte de los inocentes en París.

La denuncia a la que hacía referencia tiene que ver con el comercio de armas, no con la doble moral, que considero que, como la conciencia y los remordimientos, es patrimonio de cada uno y nadie tiene derecho a manipularnos con eso de sentirnos culpables por los crímenes que otros realizan por culpa, se supone, de nuestros patriarcas.

También denuncio que los políticos de este país no propongan nada para acabar con la industria de la guerra, las industrias europeas en países de mano de obra barata donde se explota al trabajador, la usurpación de territorios ajenos, la explotación de los recursos que no nos pertenecen y los abusos de los bancos y de las empresas que tratan África, parte de Asia y de América (también parte de Europa del Este) como un granero, un laboratorio de experimentos peligrosos (pruebas nucleares, por ejemplo), un mercado donde ganar euros a un céntimo y, en general, un lugar al que acudir para saquear y no para cimentar nada que sea beneficioso para los seres humanos que allí habitan.

No quiero que los políticos occidentales expongan sus pancartas. A mí eso no me sirve para nada. Quiero que expongan sus medidas para acabar con todos esos abusos y más a los que mi pobre imaginación no tiene acceso.

Si el peligro de aplicar las mismas reglas que querríamos para nuestros familiares es reducir el ritmo del consumismo o renunciar a comodidades de alta tecnología o vacaciones en yate, yo me apunto y me gustaría pensar que tú también.

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