lunes, 25 de agosto de 2014

Insolidaria Barcelona

Unos hipsters de Barcelona vistos a través de rayos X.
Tras un periplo por media España pensé que ya había visto suficientes idiotas (el veinteañero que le explica a un viejo sordo las diferencias entre los templos budistas de Japón y los de la India, el taxista que se vuelve loco de repente y deja de mirar a la carretera elogiando a Podemos, etc.) hasta que llegué a mi pueblo.

Allí, los que eran tontos siguen siendo tontos, y los que no, pues lo mismo. Salvo que me maravilló descubrir gente de fuera tan interesante inasequibles al contagio, y noté la ausencia de amigos y conocidos que le dan al cerebro y que, con su ausencia, dejaron en evidencia a los demás. Una pena. Ah, y un placer compensatorio (de sobras) los pocos amigos y los familiares que me han dado momentos de alegría.


Sin embargo, por más tontos, locos y energúmenos que me encontrara en mi pueblo, nada que ver con los petulantes insolidarios de Barcelona, o mejor dicho, que están en Barcelona, porque no hay manera de saber de dónde son ni a dónde van.

En primer lugar, porque se trasladan a toda velocidad y no miran ni al bajarse ni al subir, ni al girar ni al detenerse en seco.

Y en segundo y último lugar, porque dan tanto asco que no entablaría una conversación con ellos ni aunque tuviesen el mando de mi silla eléctrica.

Ya en el tren, la niña más pesada del mundo, con apenas cuatro o cinco años, molestando a todo quisqui y los papás, ni caso: cada cual con su tablet. Harto de la situación, me voy a la cafetería donde dos pasajeros increpan a la camarera por los altos precios (sí, lo de RENFE es una estafa, pero ¿qué culpa tendrá la chica?) Al regresar a mi sitio, la señora de detrás se ha sacado los zapatos y  me ha obsequiado con sus pies como brazos del asiento. Si no se lo digo tres veces, ni se entera. Al final los retira y, por suerte, el mal olor desaparece a los pocos segundos. Será cosa del calor que hace en el vagón. Si el aire acondicionado funcionara con normalidad todos los pasajeros habrían acabado oliendo dos estupendos cabrales argentinos (Importante: nunca, nunca viajéis a Barcelona en un Intercity).

Lo peor me esperaba en Barcelona.

En cuanto he asomado el morro a la estación, cargado con dos mochilas, una maleta de 20 kg y un coche para bebés, me han adelantado por la izquierda y por la derecha, me han empujado, pisado y agobiado para que les dejara paso.

En el metro, les daba igual mi carga brutal, porque no les ha dado la gana dejar un huequecito para que dejara una sola maleta. Por las mismas, si una chica embarazada lleva peso y necesita sentarse, que se jorobe. Tiene que llamar la atención a los que se sientan rodeados de unos auriculares tamaño campana de catedral, para que, después de mucho disimular, el menos caradura se dé por aludido.

El insolidario que me mete prisas para salir por el torno del metro con sus dos perritos babosos y salvajes no se ha dado cuenta de que no doy más de mí, de que no puedo prever quién viene por detrás ni le he obligado telepáticamente a que elija el mismo torno que yo. No se ha fijado que con treinta kilos de peso a los hombros, y bajo un torrente de sudor, ya no soy nadie. ¿Y qué coño le importa al hombrecillo? Allí está, pegado a mis talones hasta que me aparto de su camino.

Luego vas por una calle semipeatonal y decides ir por en medio para que no te arrolle algún ciclista y para evitar un buen blocaje por parte de los dos tortolitos que van por delante, que se detendrán cuando menos te lo esperes para darse un morreo mientras cargas con el peso esperando que la halitosis de uno u otro los haga desistir de la exhibición (lo intuyes, son demasiadas veces o demasiados años, y efectivamente ocurre: lo del morreo, lo del mal aliento lo añades porque les coges manía).

Ahora tienes toda la calle para ti. A lo lejos ves una familia de cinco miembros. Forman una hilera en horizontal de cabo a rabo de esos pivotes tan simpáticos que sirven para amarrar bicicletas. Te acercas y el pater familias se vuelve, te mira y parece que va a cederte el paso, pero no, no se mueve. Dolorido, das el rodeo por detrás de las balizas porque la pentafamilia turística ha decidido plantarse como una “filá” de moros y cristianos antes del desfile y, por lo visto, todas sus neuronas están reunidas y no disponen de visión panorámica.


Acabo de llegar a Barcelona y ya estoy cabreado. En el tren ya me había enfadado. Siempre lo estoy y sé que no es sano. Al menos, extraeré de mi insignificante drama una lección: Prefiero ser un tonto más de los tontos del pueblo que el jeta más maleducado de la ciudad. Al menos, entre los pueblerinos no nos pisamos entre nosotros. Luego hay locos, incapaces de prosperar, y gente maligna, pero ni los primeros ni los segundos escasean en ninguna parte de este maravilloso mundo.

No hay comentarios: