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De la vida y la muerte

Tantas veces me he caído, y otras tantas me he levantado. Creo que aunque suene ingenuo hay que apelar a la Naturaleza cuando cada día nos ofrece un espectáculo de resurgimiento. Renace la hierba desde el pedregoso manto que parece incapaz de dar vida. Y, sin embargo, de la dureza de la masa inerte brota la vida a cada instante.

Hablo de un renacimiento simbólico, claro. Recuperarse de los varapalos de la vida está en el adn de los seres humanos y, seguramente, de cada ser vivo.

De lo que quiero hablar es de la incesante renovación en el espíritu y, más tarde (sin viceversa), en el pensamiento.

Uno pensó que encaminaba sus pasos de forma inapelable. Y podría haberse quedado petrificado en su sentimiento de plenitud. Sin embargo, años más tarde, o un instante sólo, ese mismo ser no se reconoce en el enorme error del que se avergüenza ahora.

La gran pregunta no es: ¿Cómo pude hacer algo así? sino ¿cómo pude estar tan convencido de que hacía lo correcto?

De un mismo cerebro y corazón, en circunstancias personales incluso parecidas, ¿es tan descabellado suponer que en realidad soy otro muy distinto a ese que actuó en mi nombre y con mi físico?

No lo voy a dejar en una pregunta retórica. Estoy convencido de que soy un yo diferente, y, no obstante, sí me reconozco. De lo contrario, no me dolería en absoluto y, claro, hacerme daño y dañar es algo que no quisiera repetir, porque el dolor consume tanto si es para darlo como para recibirlo.

Con todo, sé que dentro de un tiempo volveré a experimentar la misma sensación. Y no, no lo veo como una derrota anticipada, sino como ese interminable proceso de vida y muerte que es lo que llamamos, de forma muy simplista, "la vida".

Es la vida, claro, pero también es la muerte, y luego la vida, y la muerte...

Se ve en esa brizna de hierba cada vez más fuerte. En las estrellas que revientan y originan planetas y, quién sabe, otras estrellas, cometas, y también agujeros negros.

Cuesta verlo cuando se va un ser querido, porque estamos convencidos, yo también, de que se va una persona idealizada e irrepetible, cuando, si ocurre en la vejez, quién se va poco tiene que ver con el primer recuerdo que tenemos de ese ser humano, no por cambiante, menos singular, sino todo lo contrario.

Se muere la última persona que vimos respirar, tacto caliente y aliento aún de vida. Pero si la hierba vuelve a ser hierba, si un planeta origina más astros, ¿cómo podemos asegurar que esa persona no va a regresar de alguna manera?

Ojo, porque estoy convencido de que la duda anterior es muy razonable, pero también estoy seguro de que difícilmente lograré verlo con mis ojos.

Y es poco decir, porque no he visto jamás una bacteria de las que me rodean, ni conseguiré ver una millonésima parte del Universo, y, a pesar de eso, parece que existen las bacterias y otros mundos.

Las únicas leyes que se cumplen irremediablemente son las de la Naturaleza. No hay más, y todos los filósofos han fracasado por su anhelo de superar su ciencia. Por tanto, no veo ningún motivo para que los seres humanos se salten las leyes insalvables de todo lo demás de manera que no renazcamos de la muerte y, además, incluso tengamos reminiscencias de otras vidas.

Al fin y al cabo, hoy me acuerdo perfectamente de aquel desconocido que apenas hace unos años era mi única garantía de que estaba vivo, aquel por el que habría dado la vida, y que era mi vida entera. No lo reconozco y sé, íntimamente, que no pudo ser otro más que yo.

No sé si consigo convertir en sencillez lo que me ha costado tanto sufrimiento aprehender. En realidad, sé que es una empresa casi imposible, máxime sabiendo que en un lapso de tiempo indeterminado llegaré a cuestionar si soy el mismo que escribía esto.




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