La felicidad es un testículo fuera del calzoncillo, una meada tranquila después de dos horas de espera, tu canción favorita en un local desconocido, un regalo sin fecha señalada, una buena noticia de la gente que te importa, dormir pensando que el día ha ido bien, un gol de tu equipo en el último minuto, la sonrisa sincera de alguien antipático, el rumor de una fuente en el camino, la mirada de una chica después de verte horrible en el espejo, descubrir que eres más joven de lo que pensabas justo antes del cumpleaños, el segundo día de un viaje largo, el punto final de un relato, una llamada para saber cómo te va, y todo lo que el rubor me impide contar.
La posmodernidad nos ha traído la ilusión de democracia universal, la hermandad tecnológica y la supresión de autoritarismos. También ha ayudado a que el cinismo se practique con normalidad y que cada cual pueda decir la idiotez que le dé la gana sin aportar pruebas, Ante tal profusión de idiotas opinadores, yo no voy a ser menos. Sostengo que Ada Colau, como Carmena en Madrid, es la esperanza de la democracia. Ante el político de carrera, el que no repite traje, el que gasta camisas de seda caras, el que vuela en Business, el que coloca a sus familiares y amigos, el que no ha trabajado en un curro precario en su vida, reivindico a la persona que se ha peleado en el barro de las injusticias sociales sin esperar prebendas y que tarde o temprano ha dado el paso a la primera línea política para cambiar las cosas. Ada Colau no tiene una carrera de jueza implacable ni se jugó el tipo ya desde la transición para combatir los penúltimos vestigios del franquismo. Y no lo hizo porque...
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