Sin restarle méritos, Freud ya ha caducado. Nos guste o no en algún momento habrá que aceptarlo: somos plenamente responsables de nuestros actos. Qué mal nos quieren los dañinos seres queridos que buscan el camino fácil: señalar al resto de la humanidad como culpables. Seguro que de pequeños nos hacían mil perrerías para que andáramos pronto y bien (por miedo a que saliéramos torpes o algo peor y, así, ellos mismos quedaran desacreditados como antorcheros del ADN bueno). Por eso, cuando nos caíamos le pegaban golpes simulados a la baldosa repitiendo con voz estúpida: "mala, mala, mala". Y los bebés lo repetíamos, claro. Creo que en el ejemplo anterior empiezan muchos dramas de cientos de miles de adultos.
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