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Mostrando las entradas etiquetadas como cine

El cuaderno de Sara: entre el documental y lo tintinesco

La sala desierta. El viernes, noche del estreno. Una supreproducción española a priori de aventuras y con el aliciente de retratar la ayuda humanitaria en el centro de África. Belén Rueda tal vez no esté tan de moda como años atrás, pero nadie tiene motivos para quejarse de sus últimas actuaciones tampoco. ¿Por qué no hay nadie más en la sala? Ni idea. He leído críticas entusiastas, apañadas, reguleras y muy aciagas. Me preparo, pues, para lo mejor, lo peor… u otra película más. Empieza bien: dinámica, con una atmósfera de mal fario que seguramente se corresponda a la poca esperanza de tanta gente en las zonas convulsas de África.

Poltergeist: subrayando logros ajenos

Un buen remake debería relanzar una historia, cuyo estilo ha envejecido. Pero los mejores revisiones son aquellos que pulen los defectos del original. Vaya por delante: creo que el Poltergeist original sigue generando las mismas emociones ahora que cuando se proyectó. O séase, que era mala candidata para una actualización. Sin embargo, este remake generó un interés razonable entre los aficionados al género. Y fui con la esperanza de encontrarme algo nuevo. La realidad es que han cogido el guión y, salvo algunos detalles sin importancia, han respetado cada momento impactante del film original con tedioso respeto.

Nuestro último verano en Escocia: agradable viaje sin sobresaltos

Después de ver este film, uno entiende que lo detestable no son tanto las fórmulas prefabricadas para obtener éxito como las malas películas sin espíritu, sin sentimiento. En ese sentido, resulta curioso que este film para toda la familia no haya conseguido el éxito esperado, pues reúne todos los ingredientes para ser un taquillazo. Por otro lado, sorprende también que resulte fresca pese a que su historia se ciña a un molde millones de veces usado. Aunque en su vertiente cómica Nuestras último verano en Escocia (odiosa traducción del título original) presenta muchos golpes sorprendentes, normalmente ironizando sobre lo políticamente correcto y sus límites, no es una obra original. Sin ir más lejos, el referente de Cuatro bodas y un funeral pesa como el plomo. También se detectan, tanto en la trama como en las situaciones familiares, trazos de Little Miss Sunshine . Y como nace de un molde universal, es sencillo detectar ecos de otras películas.

Mad Max y el tedio del desierto

Pinta fiero, pero es fácil de matar. ¿Es esto spoiler? En rara ocasión me he sentido más soliviantado con las críticas que con las que han aupado a la última Mad Max. Su casi unánime aplauso debería alimentar las sospechas de los espectadores, pero, afortunadamente, el público no lee críticas. En algunas crónicas se destaca el trabajo del protagonista y, bajo manga, se echa por tierra la labor de Mel Gibson. A mi juicio, su sustituto, Tom Hardy, confunde sobriedad con hieratismo. Su expresión congelada no transmite nada. La de Gibson era la interpretación de un hombre torturado, la de Hardy, la pesadez de un rostro de palo.

Unos Oscar de bajos vuelos, pero muy aleccionadores

Bruce, ni falta que te hace el Oscar. Según los académicos estadounidenses, la mejor película de habla inglesa es Doce años de esclavitud. Supongo que la comunidad negra, o afroamericana como la llaman por allí, estará contenta, porque cualquiera que haya visto el resto de films candidatos se sentirá defraudado. Exactamente... ¿por qué es la mejor película? No tiene el mejor guión ni los mejores actores ni la mejor fotografía ni, lo que importa, añade nada nuevo a la historia del cine y, por encima de todo, no aporta más que lagrimitas al espectador. Luego, van y le dan el premio al mejor director a Alfonso Cuarón, que ha confesado mil y una veces que no habría podido realizar Gravity sin su equipo técnico y, sobre todo, sin su hermano. Si el mérito está en los efectos especiales y en la planificación al detalle del story board y la paciencia de los actores; si Alfonso Cuarón no la habría podido dirigir solo. ¿A qué viene este premio?

Detresentrés: críticas urgentes para gente rápida (Gravity, Rush y Prisioneros)

Gravity: a simple vista, una película de pocos personajes envueltos en un diálogo con muchos silencios. Sobre todo, el fruto de un guión sin estrabismos que, pese a su aparente simplicidad (o por eso mismo), funciona como un reloj. La apariencia de la sencillez de la propuesta oculta un rodaje ultracomplicado. Los efectos lo son todo, pero cada uno de ellos es necesario para crear un ambiente opresivo en el que el espacio (como lugar y como Universo) y el tiempo crean la tensión mientras que los actores, a menudo dos (disculpa la imprecisión, pero no quiero caer en el “spoiler”), luchan por la supervivencia (por la propia, por la ajena y, por momentos, parece que de la especie). Es por ello que la tecnología punta y los instintos atávicos casan a la perfección. Lástima que la música rompa el silencio de un cosmos en paz, pero Alfonso Cuarón, que en esta película se arriesga mucho, no quiere apostar ni un milímetro de la tensión para conseguir su propósito: mantener al espectador...

Crítica de Las brujas de Zugarramurdi: de más a menos

Tras a escuchar a Álex de la Iglesia su pacto secreto para intentar gustar al público a toda costa, entiendo qué es lo que falla en Las brujas de Zugarramurdi para que no acabe resultando una comedia memorable. Tiene un principio divertido y gamberro, tanto o más que su emblemática El día de la bestia, pero empieza demasiado vertiginosa e hilarante para lo que se avecina después de la segunda mitad del film.

El espíritu del 45: una mirada unidireccional y socialista

Nos están acostumbrando a documentales intimistas que encierran relatos de la vida cotidiana de unos pocos seres que, a su vez, transmiten sus sentimientos como si no fueran conscientes de estar delante de una cámara. Son metaficciones poéticas, muy bellas, en las que no parece pasar nada y al mismo tiempo ocurre todo lo que en realidad importa: los personajes ríen, lloran, divagan, van a la compra… De repente, aparece Ken Loach y te planta un documental panfletario de la vieja escuela: imágenes de archivo convenientemente seleccionadas, voz en off  entrevistas a cámara de supuestos protagonistas de la "revuelta" de izquierdas después de la II Guerra Mundial y, para finalizar, datos sobreimpresos en pantalla de la privatización de Gran Bretaña en tiempos de la Dama de Hierro y que no cesaron con el falso laborista que fue Tony Blair.

Dos blockbusters para arruinarte el verano: Guerra Mundial Z y Lobezno inmortal

Después de la secuencia inicial, lo mejor de Guerra Mundial Z. Tengo que decir que la primera de estas dos propuestas apocalípticas empieza con buen pie. La sensación de agobio, de verdadera opresión, está tan lograda que uno estaría dispuesto incluso a mandarle un helipcótero a Brad Pitt para que se salvara con su familia del atasco más terrorífico que he visto en años en una sala de cine. Luego, la película se convierte en un Pánico nuclear con actor negro incluido (¡y por suerte no es Morgan Freeman otra vez!) ocupando un puesto de responsabilidad que obliga al Rambo de turno, pero es Brad Pitt, a salvar a la humanidad de una horda de zombis que, virus mediante, se van contagiando unos a otros salvo en Israel (metáfora que prefiero no captar, porque o se le ha ocurrido a algún sionista fanático o es obra de un antisemita cobarde, aunque hay muchos protestantes que darían su brazo por Israel y muchos más que por cabrear a los musulmanes son capaces de lo que sea).

La bicicleta verde: libertad, mensaje y poesía sobre un árido escenario

Pese a las apariencias, es un film vitalista. Hablar de esta película desde el análisis, es decir, desde la razón fría con lo poco que sé de técnica cinematográfica o lo mucho que puedo contrastar esta obra con cientos de films aparentemente similares es hacerle poca justicia a una obra de arte. Sería como diseccionar un corazón en el tronco de un árbol. Y habrá quien se atreva y lo haga bien. Yo no. La bicicleta verde es, en primer lugar, poesía. De la infancia, de la inocencia y de las calles más ásperas que un europeo occidental habrá visto en su vida. Luego, es, además, un retrato de una sociedad, la saudí, y si se quiere, la de gran parte de los pueblos en los que impera una moral rígida religiosa, pongamos que hablo de la islamista, porque es la que regula el comportamiento de muchas sociedades como la de Arabia Saudí, pero se puede extrapolar a otras.

El hombre de acero: empezar por Shakespeare para acabar con la PlayStation

A Zack Snyder le cuesta plantar una cámara y rodar una escena con actores de carne y hueso y sin efectos especiales de por medio. Cuando no le queda otra, siente la imperiosa necesidad de mover la cámara hacia donde sea, pero por poco tiempo, porque siempre tiene prisas en mostrar un plano más. Y otro. Y otro. El hombre de acero empieza de forma desconcertante. Parece otra película: una especie de Avatar ambientado en uno de los planetas de las últimas Star Wars. Y, sobre todo, empieza con un ritmo descomunal. Pura acción con un fuerte componente dramático. Algún día, alguien escribirá una tesis sobre el desconcierto que producen las películas, las obras en general, que se supone que van a ir por unos derroteros anclados en el imaginario colectivo.

Hipnotizado por La mujer de negro (la película y la novela)

¿Cómo es posible que sienta lo mismo viendo una película que al leer el libro en la que se inspira la obra versionada? Pues nada más y nada menos que este fenómeno me ha ocurrido con La mujer de negro. Y, claro, me he quedado estupefacto. La atmósfera opresiva aun con predominancia de espacios abiertos, el argumento poco enredado para este tipo de títulos que incluyen apariciones sobrenaturales y casas encantadas, cierto ritmo extrañamente tranquilo, pero turbador... y un protagonista bastante anodino que, por increíble que parezca, Daniel Radcliffe borda en su versión cinematográfica.

El regalo envenenado de Gibson en Vacaciones en el infierno

Aparte también se titula "Get the gringo"... Pobre del que asista a este aparente thriller de acción con ganas de fiesta, porque a los escasos minutos lo que se le ofrece es lo que el título en castellano explicita: el infierno. La visión de la carcel en la que acaba el ladrón sn nombre al que interpreta Mel Gibson es una de las más dantescas que este cronista ha visto, incluso en los intentos más inspirados como La zona gris (Tim Blake Nelson). Por más humor -negrísimo- que los guionistas pongan en boca y puños de Gibson, la tragedia humana prevalece, aunque esto funciona por sensibilidades.

Argo: miserias humanas a gran escala

Imagino que Argo es el tipo de película que Steven Spielberg quiso rodar cuando planteó el proyecto de Munich, film que trataba de reconstruir operaciones especiales en el marco del terrorismo y la crisis de los setenta. Sin embargo, es Ben Affleck el realizador de una película que funciona a varios niveles, lo que a la postre le confiere un estatus de obra artística de referencia que desde su estreno perdurará en el recuerdo.

Looper: ruptura abrupta del bucle

Willis contra Willis. El público actual está más acostumbrado a comprender y disfrutar argumentos laberínticos de lo que cree. Sin esa facultad Memento no sería lo que es, una de las madejas de las que tiran las películas posmodernas. En ese sentido, Looper promete un desafío intelectual de saltos en el tiempo, que desde luego no se conforma con una aproximación pueril a lo Jumper, sino que más bien debería convertir en material masticado propuestas como la de los Cronocrímenes, uno de los films con la fecha de caducidad más ceñida que un servidor ha visto en mucho tiempo.

Gaza y el arte

Como todo hijo de vecino, había visto numerosos reportajes y noticias sobre el conflicto de Gaza, pero casi siempre desde un punto de vista poco reflexivo, cuando no propagandístico. Casualmente, he visto la película Una botella en el mar de Gaza ( Thierry Binisti, 2011) y he leído la novela gráfica Crónicas de Jerusalén (Guy Delisle, 2012). También por casualidad, unos días después de ver el film.

Una vulgar y costosa historia del Bronx en El Caballero Oscuro: La leyenda renace

Me cuesta hablar de una película en términos negativos cuando público y crítica beben los vientos por ella. No es falta de criterio ni inseguridad. Es que entiendo que podría haberme perdido algo. Pero, con tantos films a mis espaldas, desde lo sublime a lo mediocre, ¿qué me estoy perdiendo exactamente? Sin ser un fanático, he seguido varias de las líneas maestras del cómic, no me pierdo ni una de las grandes producciones de superhéroes y, sin embargo, yo no veo en El Caballero Oscuro: La leyenda renace (Batman 3 en adelante ) ni un motivo para lanzar las campanas al vuelo. Digamos, de entrada, que Batman 3 no es un lujo para los sentidos. Cada año se estrenan obras con efectos especiales más solventes, más espectaculares o más comedidos. Lo mismo ocurre con la fotografía: ¿dónde están los claroscuros del personaje? Demasiada luz o demasiadas escenas en negro. ¿Y la música? Cualquier producción estadounidense con un presupuesto holgado cuenta con una partitura de calidad simi...

The Amazing Spider-Man: larga vida al trepamuros

Los que habían colocado la segunda parte del SpiderMan de Sam Reimi como primera pieza del canon del subgénero de los superhéroes tendrán que mover baza. La mala noticia es que los críticos de cine (los oficiales) actúan como los hombres del tiempo, nunca rectifican. La película dirigida por Marc Webb ha conseguido trasladar las dos primeras entregas de Raimi a la tierra media de los proyectos notables, pero mejorables. Ahora mismo, más que hablar de The Amazing SpiderMan, me preocupa cómo realizar una crítica de una película redonda sin caer en el análisis técnico o en la rapsodia lisonjera. Lo primero me da pereza. Lo segundo, asco. La verdad es que no miento si digo que The Amazing SpiderMan es la mejor versión del trepamuros en celuloide. Incluso podemos hablar de este film con la misma seriedad con la que se aborda el Superman de Richard Donner y en la que se situarán, con el tiempo, los X-Men de Brian Singer, el Hulk de Ang Lee y, al menos, el primer Batman de Christo...

Se acabó la crisis del cine español

La excepción a la regla. A partir de ahora nadie se lamentará de la crisis del cine español. En realidad, este llanto se ha acabado porque el concepto de cine español ha muerto. Seamos realistas, el divorcio del cine español con el público y con la crítica está más que consumado. El año pasado la película española que más recaudó fue Midnight in Paris, y a mucha distancia La piel que habito. Qué casualidad, también fueron las más apreciadas por los entendidos en el séptimo arte. Ya es una tónica habitual que los estrenos supuestamente de calidad con marchamo español (lo de Midnight in Paris como film español a mí me parece una broma) duren una semana o dos en Barcelona y Madrid en una o dos salas a lo sumo. Con mucha suerte. El público, cinéfilo o no, ha ninguneado los últimos trabajos de cineastas contrastados como David Trueba y Jaime Rosales.

Grupo 7: el mejor policíaco español

A este paso Antonio de la Torre va a tener que aprender francés y cruzar los Pirineos. El cine español se le queda corto. Y eso que de vez en cuando llegan películas muy estimulantes como Grupo 7 . A la nueva película de Alberto Rodríguez ( 7 Vírgenes ) le sobran motivos para convencer en la taquilla, pero se ha quedado a mitad de camino para convertirse en un film memorable. No quiero que se me malinterprete. Grupo 7 es una de las mejores películas españolas de los últimos años. Está muy buen interpretada y mejor montada . Además, su guión acentúa la psicología de los personajes a pesar de que la acción apenas se detiene en ningún instante. Aparte, la localización en una Sevilla atemporal durante los años ochenta de la droga dura logra que uno se pregunte si lo que está viendo en la pantalla es real o ficción.