Al salir del trabajo tendría que haber tomado la línea roja del metro para hacer transbordo en el centro y dirigirme hacia el Nordeste, donde vivo y, por fortuna, no me encuentro con los gilipollas de traje barato y barbita de dos días. Sin embargo, no lo hice así. Preferí andar por una calle cualquiera para ver parques, gente, terrazas de bares sin solera y esa Barcelona que todas las excursiones turísticas evitan. Me molestan al fondo las nubes amenazantes, pero peor lo llevo con la Sagrada Familia y sus grúas amarillentas. Me hacen pensar en la muerte: tanta gente murió con la esperanza de ver terminado el templo...
Opinión, cine, música, humor y mis artefactos literarios. Sígueme en Twitter: @dconsigomismo