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La tontería del doblaje... en cualquier lengua

Me toca la moral sobremanera el espectáculo mediático que se ha formado, y lo que te rondaré morena, en torno a la ley que obligará a doblar las películas en Catalán.

La tonteria es supina, porque todo el mundo se ha enfrascado con el eterno dilema: catalán vs castellano. Cuando el bosque que hay que contemplar es otro. Por ejemplo Europa.

España es uno de los pocos países que dobla las películas que se emiten en televisión y que se exhiben en los cines. Por eso, la apuesta por doblar al catalán las películas se me antoja el triunfo de la demogagia.

Todo lo que sea perpetuar el doblaje, en el idioma que sea, significa un atraso cultural. En cambio, escuchar a los actores extranjeros en su idioma, en lugar de quedarnos con la versión de los dobladores, permite apreciar la película o la serie en su totalidad. Como escarpias se me ponen los pelos del sobaco cuando pienso en la de gente que dice que le encanta un actor o actriz sin haberle escuchado nunca una sola palabra.

Ya he comentado el atraso cultural que supone, pero también entraña un problema lingüístico. De todos es conocido que los españoles hablan mal y entienden peor el inglés. Si la mayoría de series y películas proceden de Estados Unidos, estamos perdiendo una oportunidad de oro para desenquistar nuestro inglés por culpa de la herencia franquista del doblaje. De nuevo, cuando pienso en la gente que jamás usa la opción de los DVD para escucharlo en su lengua original y luego se gastan millonadas en cursos de inglés, se me ponen las escarpias como el Empire State. ¿Se puede aprender una lengua sin entrenar el oído? No, no y no.

Además, pese a quien pese, el doblaje siempre implica una manipulación. Vale, lo mismo ocurre con la traducción de los subtítulos, pero para eso están las voces originales, para contrastar qué dicen exactamente. No olvidemos, además, que el doblaje en España lo impuso el dictador Franco para que no se le colara ninguna influencia subversiva. Y es que en su única neurona sólo cabía una España, una lengua, un partido político, una religión, un sindicato, etc.

Por tanto, eliminar al máximo los doblajes supondría un ahorro económico, un empuje cultural y una ayuda para dejar ser los últimos de la fila en cuestión de idiomas. Claro está, yo mantendría el doblaje en el caso de programas infantiles. Quizá también mantendría algunos espacios para aquellos ancianos que ni leen con velocidad, ni quizá les alcance la vista. Y en Catalunya, pues que subtitulen en catalán y en castellano, que la tecnología lo permite. O sólo en catalán, porque, a fin de cuentas, todos los que viven allí lo entienden.

Lo demás son gaitas en vinagre y una maniobra más para que los medios de comunicación, meros altavoces de los políticos, despisten al ciudadano, incapaz de distinguir qué es importante y qué es una solemne tontería, por más que estemos en la era de la información y que Franco lleve 35 años bien muerto.

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