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El corazón del verano

De niño los días de verano se abrían eternamente y la noche llegaba tan callando como innecesaria. A veces, cuando esperábamos frente a la pantalla alargatijada del cine de verano, sólo entonces, nos preguntábamos qué demonios le pasaba a la luna que no salía a cumplir con su turno de noche, que era el único que tenía.

Como si el sol y la luna fueran en realidad dos currantes que se ocuparan al cincuenta por ciento del cielo.

Las más de las veces la diferencia entre el día y la noche era la posibilidad de esconderse mejor en el parque.

Como en invierno, la llamada a la cena venía siempre a destiempo. Siempre queríamos jugar más.

Poco ha cambiado desde entonces. Hablo por hablar, porque de entrada nada hace sospechar que con el calentamiento climático se haya avanzado la noche al día.

Sin embargo, hay una diferencia. Como adulto más o menos formado empiezo a encontrar los días de verano más cortos porque desde el mediodía hasta las seis de la tarde todas las horas me sobran y trato de matar la espera leyendo, viendo películas o durmiendo. En realidad, duermo más de lo que quisiera y casi se diría que hiberno en verano.

Por tanto, salgo a la luz cuando los rayos de sol caen débiles sobre las espaldas de los pobres veraneantes. Y por más que intente alargar el día, ya no puedo alargarme más de la una de la mañana, por lo que me levanto bien tarde al día siguiente.

Y vuelta a empezar.

Casi que uno querría ser niño otra vez o, al menos, tener veinte años menos.

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