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Deja que se vaya

El caprichoso fluir de las cosas y de los seres que habitan un Universo que roza la armonía sólo se puede detener mediante un péndulo que se valora desde un estado interior y, por lo tanto, subjetivo. Es la fuerza de voluntad.

Por la particular fuerza de voluntad de cada cual se logran proyectos que consiguen perdurar en el tiempo e incluso pueden crear la ilusión de un continuum en los logros humanos. Así, con los siglos, reunimos todas las obras de un conjunto de esfuerzos pretéritos y conseguimos observar civilizaciones, sagas y vidas de personajes, que es, desde luego, el reclamo principal a día de hoy.

Hay quien cree que el que quiere algo lo consigue, que basta con proponérselo (y trabajar, añado yo), y por varios motivos la fuerza de voluntad se ha revalorizado mucho. No es de extrañar teniendo en cuenta que el principal anzuelo de una economía capitalista es que cualquiera puede enriquecerse, independientemente de bla, bla, bla...

A menudo, en cambio, la fuerza de voluntad trata de retener lo que no es suyo o sacar agua de un pozo cegado. Así, donde no hay amor, un enamorado quiere que lo haya y urde todo tipo de malabares, o el que carece de oído se empeña en sacar música de un instrumento.

Parte del aprendizaje de esta vida es saber decir adiós a lo que no es posible y discernir cuándo es el momento de iniciar una obra, una acción, una amistad, etc. Lo que cuesta más es decir adiós a lo que, igual que vino, debe marcharse.

A los que nos cuesta rendirnos nos acecha la nostalgia o la sensación de fracaso. A los afortunados que entienden, aunque no lo racionalicen, el funcionamiento de esta vida fugaz y caprichosa, los desencuentros les ayudan a saberse guiar mejor por el futuro, imaginario sin redes, y a emplear las fuerzas necesarias en su trabajo aparte de no ahogarse en la peligrosa nostalgia.

Dicho esto, qué cerca se encuentran la nostalgia y la melancolía, y cuánto apetece degustarlas como si de un placer más se tratara. Sin embargo, como ocurre con todos los vicios, abusar de esos dulces amargos intoxica. Al menos, la melancolía ya se presenta con una advertencia: ojo, porque me parezco mucho a algunos estados depresivos. No tardes en deshacerte de mí.


Porque hay estados para embriagar a todo tipo de personas, pero al final, lo que queda de un individuo es su capacidad de manifestarse y las consecuencias que paga por lo que le ocurrió ayer a alguien que se parece mucho a ese individuo al que ha copiado el nombre. Sería interesante captar cómo ahora es otra persona libre para pasar a otro estado, incapacitado por fuerzas superiores para controlar el resto del Universo.

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