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Una rebelión anónima, inútil y libremente bella

La idea era ilustrar el texto con algo rebelde.
Veo con tristeza que uno se acaba arruinando a sí mismo sin necesidad de que venga el enemigo a descabezarte. Tampoco esperamos a que el sistema nos aplaste. Somos autosuficientes para autoestrangularnos.

En los momentos en los que reina la paz, llamamos a la guerra y cualquier objeto sirve como corneta. Cuando podríamos disfrutar de la libertad, nos atamos bien fuerte las argollas.

Nos comprometemos con unos horarios y unas costumbres porque nos da la gana. ¿Por qué cenar en casita cada noche? ¿Por qué cenar? ¿Por qué quedarse en casa?

 Ponemos la tele. ¿Para qué? ¿Qué esperamos encontrar allí, donde ya hace tiempo que escasean las sorpresas, las buenas y las malas?

Nos obligamos a ver una película si hay tiempo suficiente. Siempre la novedad o el clásico del que todo el mundo ha vuelto a hablar.

Hay que ver las series del momento. Se recomienda empezar por la primera temporada de la más popular e ir consumiendo capítulos hasta que no queden más por descargar.

Por supuesto hay que navegar por las redes sociales y mejorar nuestra imagen. Qué miedo da quedarse fuera de los círculos virtuales.

Alineamos nuestros aparatitos para que el mañana nos sea propicio: el móvil, la tablet, el MP4, el portátil, el ordenador de sobremesa, la smart TV. ¿Qué fue del bolígrafo reloj o del reloj calculadora? Ah, también está de moda lo vintage. Vamos a comprarlos por eBay.

Debemos irnos pronto a descansar para rendir en el trabajo, o hartarnos a cafés por la mañana para que no se note que no nos apetecía dormir a las once de la noche, porque ya no somos unos niños y a veces nos desvelamos por el mero hecho de que nos angustia pasar una noche sin dormir.

Tomar las pastillas correctas en ceremoniosa soledad cuando la pareja, porque es mejor y más longevo vivir acompañado, se ha ido a dormir. Aprovéchese la intimidad para rascarse las partes pudientes y expulsar los gases que nos hacen polvo las tripas.

Se duerme con pijama o en camisón. En verano, lo mismo, pero en su versión más reducida.

Uno se ducha por la mañana. Por la noche crea confusión entre los vecinos.

Se cena poco ahora por las noches, pero se cena siempre. Las ensaladas tibias están a la orden del día. Los que comen carne después del ocasi están locos. ¿Chocolate con nocturnidad? ¡Ni pensarlo!

Estaría bien adoptar un perro feo para pasearlo por la noche y añadir otra rutina más al Excel que es nuestras vidas.

Propongo no cenar esta noche. Si acaso desayunar. Unas galletas con leche en un tarrón desgastado. Como los niños de la posguerra que tenían suerte. Luego, sacaría la guitarra a una plaza y me sentaría a tocar unos acordes. Robar una bicicleta vieja estaría bien, pero eso no lo haría. Está feo robar, aunque me apetezca salirme por los márgenes. Además, tendría que dejar la guitarra en el sitio de la bicicleta porque mantener el equilibrio con una Jumbo resulta poco gozoso.

Dejémoslo pues en tatarear una canción o tocar la harmónica, que cabe en cualquier sitio. Lo suyo es pasear después por los sitios por donde no va nadie, encontrar un lugar muerto, si eso es posible en la ciudad, y bailar sin música, solo o acompañado.

Luego volver silbando por la calle y pararse a ver los escaparates de las tiendas que de día nunca nos llaman la atención.


Propongo, por una vez, dormir en el suelo del salón y, antes de quedarse roque, no pensar en nada útil. El día de mañana se podrá consumir de forma arquetípica y te sabrá como si fuera el primer beso de un enamorado que aún no ha probado los sinsabores del desamor.

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