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Salgo del armario

Muchos lo habíais notado en mi elegancia al andar, en mi dicción reposada y suave, y en unas facciones casi femeninas que han arrasado en las pistas de baile.

Nunca maté gatos a pedradas de pequeño. Siempre me sentía más a gusto con las chicas que con los niños, que jugaban a lo bestia en lugar de charlar, cantar e inventarse juegos imaginativos.



Las mejores personas que he conocido son mujeres, también algunas de las peores, pero son minoría las brujas malvadas ante el gran número de princesas y hadas que me han alegrado el camino.

Escucho a Gabilondo y no, nunca votaré al PP. Detesto los toros y me gustan los cubatas muy flojitos de alcohol.

Soy coqueto, presumido hasta la extenuación. Me gusta sólo el fútbol bueno, no todo lo que echen. Si suena Madonna en la radio no corro a apagarla. Y es que... tengo que salir del armario.

Lo reconozco: no soy gay.

Y si lo fuera, quizá sería un talibán del movimiento gay. Me llevaría a cinco o seis homófobos por delante cada día. A veces la naturaleza es sabia.

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